Obras a medio terminar, cambios de última hora en las sedes, lesiones insólitas… El arranque de la Copa del Mundo no fue precisamente la fiesta glamurosa que vemos hoy en día. De hecho, el primer partido del Mundial Uruguay 1930 fue sumamente accidentado y estuvo lleno de imprevistos que hoy parecerían un chiste.
Para empezar, hay un dato que pocos recuerdan: ¡el primer Mundial de la historia no tuvo un solo juego inaugural, sino dos en simultáneo! El 13 de julio de 1930 a las 3:00 p.m., las selecciones de Estados Unidos y Bélgica se vieron las caras en el Parque Central, mientras que Francia y México hacían rodar el balón en el Estadio Pocitos (cancha del Peñarol).
Una carrera por el primer gol de los Mundiales
Esta coincidencia total de horarios desató una carrera contrarreloj por ver quién se quedaba con la gloria eterna de anotar el primer gol de los mundiales. Al final, todo se decidió por una cuestión de minutos:
- El ganador: El francés Lucien Laurent, delantero del FC Sochaux, se llevó el premio gordo. Al minuto 19, aprovechó un rechazo defensivo y mandó a guardar la pelota con una espectacular volea que batió al arquero mexicano Óscar Bonfiglio.
- El olvidado: Apenas 21 minutos después, Bart McGhee (un escocés nacionalizado estadounidense) marcó el primer tanto de EE.UU. ante Bélgica. Sin embargo, debido a esos pocos minutos de diferencia, su hazaña quedó prácticamente borrada de los libros populares de historia.
Estadios sin terminar y peleas por los balones
El partido entre franceses y aztecas en Pocitos estuvo lejísimos de la pompa de una gran cita internacional. Originalmente, el duelo se iba a jugar en el imponente Estadio Centenario. No obstante, los brutales retrasos en las obras obligaron a mudar el encuentro a la cancha de Peñarol. ¿Y la ceremonia de apertura oficial? Tuvo que posponerse para el 18 de julio, es decir, ¡cinco días después de que el torneo ya hubiera comenzado!
Por si fuera poco, la burocracia y el orgullo local añadieron más leña al fuego. Los directivos uruguayos y argentinos se enfrascaron en una agria disputa comercial y de orgullo, exigiendo que solo se jugara con balones fabricados en sus respectivos países. Al no haber acuerdo, la FIFA tomó una decisión de patio de colegio: ordenó que, justo antes del pitazo inicial, los capitanes decidieran el balón a utilizar mediante un sorteo.
Así, ante unos 4,444 espectadores expectantes, Alex Villaplane (Francia) y Francisco Gutiérrez (México) pasaron por la incómoda pena de inspeccionar y elegir el esférico argentino frente a la mirada atenta del árbitro uruguayo Domingo Lombardi.
🚑 Un arquero desmayado y un delantero al rescate
Una vez que el balón rodó, el drama no paró. Al minuto 23, el portero francés Alex Thépot sufrió un durísimo choque contra el delantero mexicano Hilario “El Moco” López, quedando completamente desmayado sobre el césped.
Como en aquella época no existían los cambios ni las sustituciones, Francia tuvo que jugar el resto del encuentro con diez hombres y colocar bajo los tres palos a un mediocampista: Augustin Chantrel.
El emotivo (pero inútil) discurso mexicano
A pesar de jugar con un futbolista menos y tener a un jugador de campo en la portería, los franceses terminaron goleando 4-1. El esfuerzo de la delegación mexicana se quedó en nada, y de muy poco sirvió la intensa previa en el hotel del Tri.
Horas antes, el técnico español Juan Luqué de Serrallonga había intentado motivar a sus jugadores con un discurso apasionado que incluyó un minuto de silencio dedicado a la Virgen de Guadalupe y las notas del himno nacional mexicano resonando con fuerza desde una vieja vitrola. Una gran historia de motivación que, lamentablemente, se estrelló contra la cruda realidad del campo.